Don Leoncio Araneda Figueroa enseñó los primeros palotes a Juan Antonio Ríos Morales
Don Leoncio Araneda, profesor primario de Cañete en el año 1891 y siguientes, fue preceptor de don Juan Antonio Ríos. Le enseñó a hacer los primeros palotes. Lloró de emoción al recordar a su discípulo, hoy(1943) Presidente de todos los chilenos.
Tras largas averiguaciones y cuando ya habíamos perdido las esperanzas de hablar con el primer maestro que tuvo en Cañete el excelentísimo señor Juan Antonio Ríos, una gestión de última hora nos permitió ubicar el domicilio del señor Leoncio Araneda, profesor primario jubilado.
- Chofer, llévenos a la calle Maipú N° 1458.
Íbamos con miedo. ¿Era posible llegar a una casa a esa hora? Era la una de la madrugada y como al otro día debíamos abandonar Concepción, venciendo escrúpulos llegamos al hogar del viejo maestro. La casa estaba en sombras y todo hacía suponer que sus moradores dormían apaciblemente. Tras Unos golpes discretos que luego hubimos de repetir con mayor violencia, para hacernos oír, se encendió el rectángulo de luz de una ventana.
Una voz de mujer nos inquiere: -¿quién es? ¿a quién busca? -
- De la revista "En Viaje" - dijimos nosotros - y, tras breve pausa, una señorita nos abrió la puerta. Le manifestamos cuál era el propósito de nuestra intempestiva visita. Tuvimos suerte. La dama fue a consultar con su padre, quien inmediatamente se dispuso a recibirnos.
Entramos. Había en la casa un tibio calor de hogar y al ser conducidos al dormitorio de don Leoncio Araneda, nos encontramos con una anciano de facciones simpatiquísimas, reposando al lado de su esposa, una señora de ademanes suaves y de perenne sonrisa.
Ya estábamos frente a don Leoncio Araneda. Él nos sonreía. - Ustedes disculparán - nos dijo- que los reciba acostado, pero estoy con mi salud quebrantada.
- Queremos que nos cuente algo de sus recuerdos de don Juan Antonio Ríos. Usted le enseñó las primeras letras y le condujo la mano para que hiciera también los primeros palotes.
-Efectivamente- nos respondió el maestro. El excelentísimo señor Ríos fue mi alumno. Yo llegué a Cañete el año 1891, como profesor de la escuela N°1. Ahí había hijos de pobres e hijos de millonarios; pero para mí todos eran discípulos míos y los trataba con el mismo cariño. Don Juan Antonio, se lo aseguro a ustedes fue siempre un buen alumno. Tenía, desde pequeño, mucha personalidad. y fíjense ustedes - nos dice- si no es curioso.
Yo siempre le decía a los niños:
- Sean estudiosos, aprovechen bien su tiempo, porque el que se contrae al estudio puede llegar a tener una gran posición después. ¡Hasta Presidente pueden ser!
Don Leoncio sonríe, con una ancha y bondadosa sonrisa. Su esposa desde la otra cama, también nos sonríe.
- ¿Qué pensó usted cuando supo el triunfo de su ex-alumno?
- Figúrense - nos dice el señor Araneda, con entusiasmo. Fue una alegría enorme para mí e inmediatamente me acordé de mis palabras: ¡hasta Presidente pueden ser! y ya lo ven ustedes:uno de mis educandos ha llegado a ese cargo.
Calla un instante el anciano y luego, sin contener su emoción, nos dice:
- Cuando vi la noticia, en los diarios, acompañada de su fotografía, tuve hasta redactado un telegrama que decía así: "Exelentísimo Juan Antonio Ríos. Acompáñolo espiritualmente. Hago votos Divina Providencia haga gran gobierno. Felicítalo. Leoncio Araneda".
Los ojos del anciano se han llenado de lágrimas y a la luz indecisa de la lámpara observamos cómo le tiembla la mandíbula. Nosotros guardamos un respetuoso silencio. El viejo maestro rural que entregó toda su vida a enseñar a los hijos de "los millonarios y los pobres" siente que un nudo le estrecha la garganta. En ese instante, estamos seguros, ha desfilado ante sus ojos todo su pasado de preceptor pobre e incomprendido; de preceptor que le dio un Presidente a la Patria. Mientras nosotros guardamos silencio, la anciana, la esposa del señor Araneda, sigue sonriendo con una expresión casi ultraterrena.
No es posible permanecer más tiempo en ese hogar. Con emoción estrechamos contra nuestro pecho al anciano profesor primario. Él repuesto ya, nos sonríe bondadosamente. Su esposa, sentada también en su lecho nos sonríe con una expresión casi inmaterial.
Salimos a la calle con el orgullo de haber abrazado a un varón justo y bueno...
(Revista "En Viaje" 1943)
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